El Nuevo Gasómetro arrancó vestido de fiesta y terminó envuelto en bronca. San Lorenzo recibía a Huracán con la ilusión de volver a ganar un clásico después de mucho tiempo y de encontrar, de una vez por todas, una alegría que pudiera cambiar el ánimo. Pero la tarde terminó de la peor manera: derrota, silbidos, cánticos y una sensación de hartazgo que ya no distingue entre jugadores, entrenador y dirigentes.
La gente hizo su parte desde el primer minuto. Acompañó, alentó y esperó que el equipo de Néstor Gorosito pudiera responder en un partido que aparecía como una oportunidad inmejorable para cortar una sequía que este plantel viene arrastrando desde hace tiempo en los clásicos. Durante buena parte del primer tiempo, el trámite fue parejo, sin demasiadas situaciones y con un San Lorenzo que tampoco conseguía generar demasiado en ataque.
El clima empezó a cambiar sobre el final de esos primeros 45 minutos, cuando Huracán se puso en ventaja con el gol en el descuento de Jordi Caicedo. San Lorenzo se fue al descanso silbado y con las caras largas de una gente que ya veía venir otro golpe. Había alentado durante buena parte de la primera mitad, pero el equipo no conseguía darle respuestas y el 1-0 terminó de encender la preocupación.
El segundo gol del ecuatoriano fue el golpe de KO. Ahí se terminó de quebrar el partido y también la paciencia de la gente. San Lorenzo no encontraba cómo reaccionar, no generaba peligro y quedaba expuesto cada vez que Huracán salía de contra.
Y en medio de ese escenario apareció otra situación que terminó de complicarlo todo: el cabezazo innecesario de Orlando Gill a Lucas Blondel. El arquero perdió la cabeza después del festejo de Caicedo, se metió en el tumulto y terminó expulsado tras la intervención del VAR. Con dos goles abajo y un jugador menos, la historia quedó prácticamente sentenciada.
A partir de ahí comenzaron los cánticos. Primero, los insultos hacia los futbolistas: “Jugadores, la c… de su madre”, se escuchó con fuerza desde las tribunas. Después aparecieron los reclamos que ya se habían convertido en parte del paisaje de los últimos tiempos. El “que se vayan todos” volvió a bajar desde las tribunas del Nuevo Gasómetro en un reclamo que ya no apuntó solamente a los jugadores sino que también alcanzó al entrenador y, principalmente, a la dirigencia.
El malestar con el fútbol de San Lorenzo viene acumulándose. La salida sorpresiva de Gustavo Álvarez, que había conseguido darle una identidad ofensiva al equipo y cuya continuidad había sido ratificada inicialmente, fue uno de los primeros golpes del semestre. Después llegó el frustrado desembarco de Iker Muniain, que finalmente no pudo asumir por su situación para trabajar en Argentina, y posteriormente el arribo de Néstor Gorosito.
Con Pipo tampoco apareció la reacción esperada. San Lorenzo quedó eliminado de la Copa Argentina en su primera presentación oficial del semestre y ahora suma apenas tres puntos sobre doce posibles en el Clausura, con tres derrotas en cuatro fechas incluida un clásico.
Además, el entrenador viene siendo cuestionado por los constantes cambios de partido a partido. Ante Huracán, de hecho, volvió a mover muchas piezas y decidió que haya tres debuts en este escenario adverso. Y no solo quedó ahí, porque también modificó el dibujo táctico pasando de una línea de cuatro a cinco defensores. La respuesta, una vez más, no apareció.
El problema es que San Lorenzo no contagia. Y cuando los resultados tampoco aparecen, la paciencia se termina. La gente volvió a hacer su parte, llenó el estadio y alentó, pero terminó otra vez mirando cómo su equipo se iba sin respuestas.
La derrota ante Huracán profundizó una sensación que ya no es nueva: hartazgo. Hartazgo por los clásicos que no se ganan, por los golpes deportivos, por las decisiones que no terminan de encontrar un rumbo y por un equipo que, hoy, no logra transmitirle nada a su gente.
Ahora viene otro partido en apenas cinco días, nuevamente en el Nuevo Gasómetro. Y el próximo sábado San Lorenzo tendrá una nueva oportunidad para cambiar el clima. Porque después de lo que pasó ante Huracán, ya no alcanza solamente con competir: el equipo necesita reaccionar antes de que la bronca de las tribunas se transforme en algo todavía más difícil de contener.
