San Lorenzo tocó fondo en el Nuevo Gasómetro. La goleada ante Defensa y Justicia no solo dejó una imagen futbolística preocupante, sino que también expuso un quiebre en la relación entre Damián Ayude y el equipo y su gente. En medio de un rendimiento subterráneo y sin respuestas dentro de la cancha, la paciencia se terminó.
El momento más fuerte de la noche no llegó desde el juego, sino desde las tribunas. Tras el 4-1 marcado por Agustín Hausch, un ex de la casa, bajó desde las populares un grito que hacía meses no se escuchaba en Boedo: “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. Breve, pero contundente. Un canto que simbolizó el hartazgo de una hinchada golpeada, que ya no distingue nombres propios y que apunta contra todo.
"QUE SE VAYAN TODOS…" pic.twitter.com/FYXyiV9k1O
— Mundo Azulgrana (@MundoAzulgrana) March 16, 2026
El clima no explotó de un momento a otro. Venía cargado. Desde el arranque, cuando Elías Pereira marcó el primer gol al minuto, la sensación fue que la noche podía torcerse. Aun así, la gente intentó sostener al equipo. Hubo empuje, hubo aliento y hasta un pequeño desahogo con el primer descuento de Rodrigo Auzmendi. Pero fue apenas una ilusión pasajera.
La expulsión de Agustín Ladstatter terminó de dinamitar cualquier esperanza. Con uno menos y sin reacción, el equipo se desmoronó definitivamente y la bronca empezó a bajar con más fuerza desde las tribunas.
Antes del estallido final, ya se habían escuchado señales. El clásico “movete Boedo, movete” apareció en distintos tramos del partido, como una advertencia. Pero esta vez no alcanzó. La goleada terminó de romper todo y trajo de vuelta ese canto que suele marcar un límite.
El enojo no es solo por una derrota. Es acumulación. Es un ciclo que ya no convence, un equipo que no responde y un entrenador que sigue en el centro de la escena y que después aseguró que no piensa renunciar. Todo esto, además, en un contexto institucional sensible, con elecciones en el horizonte y una dirigencia transitoria que empieza perder fuerza.
La noche en el Pedro Bidegain dejó algo más que un resultado: dejó una certeza. En San Lorenzo, la paciencia se terminó.
